Un encuentro no casual

Por Fernando Morán B.

En el instante que termino por colocar mi pie derecho en el último escalón del segundo piso de esta facultad de pocos corredores, amplias paredes, y dilatada transcendía académica, decido que es mejor no interrumpir la temprana jornada de estudios de todos quienes se encuentran dentro del aula 201.

Son las 08h05, y sé que tocar la puerta a esta hora de la mañana, para luego querer pedir ingresar al salón de clases de este centro de estudios de tercer nivel, es un total descaro. Así que prefiero bajar las escaleras por las cuales subí, y esperar a que la hora del catedrático culmine. Sin aún saberlo, este acto de obediencia con el destino, es parte de la “no casualidad” dentro de la orden del día.

“El parque”, lugar exacto en donde se desenvuelven los principales hechos de la presente crónica, en realidad no es un parque como uno se podría imaginar. Es apenas una pequeña explanada adoquinada con un área de unos aproximados 150 metros cuadrados, la cual cuenta con ciertos árboles y unas pocas mesas de madera, cada una reforzada con una estructura acompañada de un techo metálico. En ese sitio no hay juegos lúdicos, no hay vendedores de alimentos, no hay comercio explicito, no hay familias que transitan. Este es un sitio de descanso, para platicar o trabajar; la denominación “El parque” se lo ubicaron los estudiantes.

Lo primero que hago al sentarme sobre esta fría mesa, es sacar de mi bolso la laptop que llevo en su interior. Prendo el ordenador portátil, espero a que cargue, y me dirijo a buscar las diapositivas que dejé a medio terminar la noche anterior. Breves rayos de  sol se deslizan entre las verdes hojas de los árboles, algunas caen al son de la gravedad. Otras por su lado, bailan dispuestas la relajante sinfonía que desprende el viento del verano. Estoy tranquilo, las cargas se han disipado. Son las últimas semanas antes de culminar el semestre.

Diez minutos después de estar concentrado en lo que hago frente al ordenador, subo y muevo la cabeza un par de veces, con el fin de evitar una futura contracción de la posición craneal. Mientas realizo esto, a lo lejos miro una pequeña silueta femenina acercarse con una rapidez inusual. En un primer momento no considero importante dicha aproximación.

Con una blusa color blanco, jean azul, sandalias de un gris transparente, y una cartera negra, la juvenil muchacha de nítidos rasgos costeños, se detiene diagonal a mi posición. En seguida me dice:

  • Hola, ¿cómo estás?, jaja! ¿No hay problema que me siente aquí?
  • Claro, no hay problema. Siéntese – le contesto –

Sin embargo, desde el instante en que ella se sienta en paralelo en la misma mesa en donde yo me encuentro, y comienza a deslizar su ansiosa e inquietante mirada sobre mí, noto que algo no anda bien. Algo no cuadra. De inmediato, me sobreviene un tipo especial de desconfianza. En primera instancia no permito que ella se percate de aquello.

  • Por lo general, las últimas semanas de clases siempre me aburren mucho. Aparte este semestre tengo muchas faltas en dos materias. Creo que me iré a recuperación en una de las dos. jaja! – es lo siguiente que me indica la desconocía estudiante, mientras exhibe una gentil y atrevida sonrisa –
  • Mmm, si bueno es verdad. Las últimas semanas siempre son un poco pesadas, pero hay que esforzarse – es lo único que le respondo –

Unos segundos de silencio, y a continuación es ella quien establece un par de preguntas de cajón, “¿cómo te llamas, y qué haces aquí solo tan temprano?”.

“Me llamo Leonardo. Y nada, sólo estoy terminando una presentación en power point”, es lo que digo sin mirarla a los ojos.  A diferencia de otras ocasiones, esta vez escojo por presentarme con mi segundo nombre en razón a la especial situación.

Mientras avanzo con las diapositivas, y sin parecer descortés, le pregunto su nombre y cuántos años tiene. “Mi nombre es Jessica (nombre protegido), y tengo 20”, responde de inmediato.

  • Desde que ingresé a la universidad, siempre me suele pasar que en el último parcial bajo en promedios. Me ocurre desde que estaba en el DANU. Pero he tenido amigos que me han ayudado estudiando y así he llegado hasta cuarto semestre de publicidad, jaja! – expresa Jessica mientras no para de mover sus manos. Las mueve como si estuviera jugando con marionetas.
  • Bueno, has sabido sobrellevarlo y salir adelante. Al menos no llevas ningún arrastre.- es lo que replico mientras me detengo a observarla por un momento –

El tiempo avanza, y mientras el sol de la mañana va accediendo sobre el firmamento celeste y despejado, Jessica no deja de estar quieta en ningún momento. Si no mueve las manos, mueve los pies. Mira a diferentes direcciones, y por instantes pareciera que algo le molesta. No lo dice, pero lo demuestra con insistencia con aquel repetitivo lenguaje no verbal.

 

  • ¿No te molesta que te hable mientras haces tus diapositivas, cierto?- es lo que Jessica me pregunta casi al termino de nuestra conversación –
  • No, por supuesto que no- es lo que manifiesto con cierto tono de ironía –

Un par de segundos después de aquella respuesta, de entre ojo veo como Jessica sostiene su cartera y la empieza abrir con delicadeza. Se toma su tiempo para buscar algo y de pronto observo que saca un pequeño sobre con una sustancia de apariencia sólida de color blanco. Luego ubica sobre la mesa un esmalte, un lápiz labial, un espejo, y por último un pequeño tubo de plástico que parece ser un sorbete. No me observa, pero creo intuir que sabe que la estoy mirando.

En acto seguido, Jessica abre el sobre, esparce con sus dedos la sustancia que a esta distancia parece ser un polvo de textura fina, toma el sorbete, emplea una última y rápida mirada a su alrededor, se agacha, y sin descuidar mi presencia, aspira con fuerza por uno de sus orificios nasales la sustancia de desconocida procedencia,

Todo ocurre rápido. Todo pasa en un abrir y cerrar de ojos. Lo primero que hace  Jessica después de brindarse su “instante de placer” es guardar el sobre y el sorbete. Luego toma el espejo, se mira, limpia su nariz, aspira un par de veces más, y ubica esmalte negro en una de sus uñas. Ahora toma su labial rojo y recubre sus labios. Finalmente, recoge todos sus materiales de belleza y los vuelve a poner dentro de su cartera.

Yo para entonces he dejado a medio terminar lo que estaba haciendo. Al inicio de la función creí que sólo era un espectador más, pero no. Jessica, sin poder avisarme con tiempo me hizo partícipe en su acto personal.

A pesar de que el reloj digital ubicado en la parte inferior derecha de mi pc portátil sigue su curso, marcando los minutos esperados. Yo siento que el tiempo se ha detenido, y los colores del día han perdido vitalidad. En este imaginario social de preguntas cerradas y respuestas cortas, varias son las inquietudes que invaden mi mente. ¿Qué le sucede? ¿Por qué lo hace? ¿Cuánto tiempo llevará inmersa en eso? ¿Qué clase de droga habrá inhalado?

La observo, la miro, la contemplo, pero no la increpo con mis cuestionamientos. A lo mejor, pienso, lo hace por “diversión”, lo hace por “voluntad”, lo hace porque es una práctica de utópica ilusión que por desgracia se ha puesto de “moda” dentro del ambiente educativo de jóvenes y adultos en el país.

Y esto no es algo que lo diga a raíz de un encuentro no casual. En septiembre del año 2017, la Secretaria Técnica de Drogas del Ecuador (Seted) presentó los resultados obtenidos del “III Estudio Epidemiológico Andino sobre Consumo de Drogas en la Población Universitaria”, trabajo de investigación impulsado por la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

En dicho informe realizado durante el 2016, a 10 universidades (públicas y privadas) en razón al consumo de drogas en universitarios del Ecuador, se dejó indicado, que:

  • Entre los consumidores de alcohol de último año un 12,7% de ellos presentan signos de dependencia, cifra que es 17,9% entre los hombres y un 7,3% entre las mujeres, con diferencias estadísticamente significativas entre ambos grupos.

 

  • La prevalencia de último año de consumo de marihuana entre los universitarios de Ecuador registró un aumento estadísticamente significativo, con tasas de 9,1% en 2012 y de 11,6% en 2016.
  • En el caso de la cocaína, el 4,4% de los estudiantes declaran haber consumido cocaína alguna vez en la vida, con cifras más altas en hombres que en mujeres (7,5% en hombres y 1,6% en mujeres).

De acuerdo con el estudio epidemiológico, efectuado sobre una muestra de 5,260 estudiantes, se indica además que el 30% de adolescentes que consumen drogas lo hace porque no se sienten queridos, ni escuchados en su familia.

Sin conocer con anticipación las conclusiones arrojadas de dicho estudio, pero comprendiendo la realidad de un consumidor (ocasional o dependiente) opto por no juzgar el accionar de Jessica. Por lo contrario, trato de comprender la situación. Algo me dice que está luchando contra algo fuerte, algo que oculta detrás del triste hábito de aplicarse una “jalada” matutina de aquel “polvo mágico”.

En último acto, Jessica mira como hipnotizada por breves segundos las hojas secas que reposan en el piso. En ese momento suena su celular, y contesta. Se levanta, toma su cartera, y con una leve voz se despide de mí con un “Chao, debo volver a mis clases”. Y así como llegó, se retira, esparciendo una inquietante y solitaria ausencia en cada paso que da.

admin

Medio de comunicación de la Facultad Ciencias de la Comunicación de la Universidad Laica Eloy Alfaro de Manabí.

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