Vientre habitado

Por: Adriana Álava

Dejé de ser una em­barazada anónima el día que mi mamá muy amable me miró y me dijo: “estas embarazada, ¿verdad? Ven y siéntate”. Había permanecido ca­llada durante estos pri­meros meses de embara­zo, porque temía que ella dijera algo y se decepcionara.

Estaba en la semana catorce y creí que no se notaba, pero algo vio mi mamá en mí, dijo: “yo también pasé por ese momento y sé casi todo sobre el em­barazo”.

No tenía síntomas, pero sí antojos. Fue una noche en la semana 17 que sentí ese famoso “pececito” na­dando en mi panza. Me habían dicho que se sen­tía como si fueran bur­bujas, pero yo sentí un pececito.

Y con el pasar de los días me sentía más feliz, sabía que tendría a una per­sonita, el resultado de mi  mitad y  de la persona que amo. Esto es tan perfec­to, que nunca me imaginé pasar por esta maravillo­sa etapa.

El embarazo, en mi caso, fue el mejor de todos los estados. No me impor­tó tener que sacarme los zapatos cuando estaba de seis meses porque mis dedos empezaron a hincharse, tampoco me importó ese día que fui a vestirme y mi ropa ya no me entraba . Lo mismo cuando el espejo me devolvía la imagen de un cuerpo que no re­conocía. No me importó. Nunca, pero nunca, me sentí tan llena de energía y tan plena como cuando estuve “habitada”.

Mi embarazo podría ha­ber durado doce meses, que igual hubiera estado bien. Es que nunca me sentí mejor que cuando estaba fabricando vida. Me resis­tía a abandonar tan pron­to ese estado de completa plenitud que hizo que me sintiera, por única vez, todopoderosa. Me saca­ron una foto el día ante­rior a que ocurra el mi­lagro. Esa noche tuvimos nuestra “última cena”,  comí lo que más me gusta y fui a dormir temprano.

Ni siquiera llegue a mi supuesta fecha de parto. El bebé se adelantó  dos semanas antes. Fui con la doctora para que me revisara, ya que sentía un dolor que me molestaba, pero no me imaginaba que ya era momento de mi parto. Me hicieron cesárea por lo que al bebé  le quedaba poco liquido amnióti­co, por un momento me asuste, pensé que lo perdería , pero los doctores me calmaron.

Luego de unos minutos después de todo lo que había pasado, me lleva­ron al quirófano, me dur­mieron y solo recuerdo haber escuchado el llanto de mi bebe al nacer, pasa­do unas horas me desper­té y al fin pude verlo, es­taba tan hermoso y yo me sentía muy feliz de estar con mi pequeño bebe, al cabo de unas horas, llego toda mi familia a visitar­me. Fue uno de los mejores días de mi vida.

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