Cuéntame un sueño

 

Por: Tatiana Mendoza

Sentado en el parque Centenario, cerca de la puerta que da  a la nueve de octubre se encuentra Julio. Su cuerpo encorvado, las arrugas en su rostro son opacados por su sonrisa, mientras  lee cartas a una mujer que el maquillaje cubre su tristeza.

“Cuéntame un sueño”, es así como empieza Julio en su tarea de brujo, aunque no le gusta que le digan así. Toma la manos de la mujer y apreta muy fuerte, siente sus vibras. La suelta para empezar a barajar sus cartas , su expresión se altera, la mujer suda tanto que saca una servilleta y la pasa sobre su rostro, un poco de delineador borra, más su nerviosismo sigue ahí. “Uy mijita, debes dejar a ese hombre y casarte con el viejo que te pretende” acota con efervescencia mientras ella, perpleja le escucha. Disimuladamente le paga $5,00  y se va.

Hay una lista de espera en el parque centenario, policías dizque vigilando que nada altere la normalidad, prostitutas camufladas, una de ellas prende su cigarrillo mientras ventea su cara, drogadictos que no tienen donde dormir, poetas borrachos tambaleándose y predicadores evangélicos vociferando que si no se arrepienten van al infierno. Todos ellos son clientes de Julio, todos.

 

El día que Karla Polanco se hizo leer la mano no sabía que su vida, la que conocía, iba a desaparecer. Cuando estudiaba psicología, en su mente como un credo estaba el “materialismo dialéctico” creer en esas cosas sobrenaturales no estaban en sus cabales, peor la lectura de manos. Animada por una amiga que le dijo que era certero y confiable, lo hizo.

“Julio me dijo que mi hermana estaba muy enferma, una enfermedad muy rara”. Se asustó porque esa afirmación era cierta. Desde hace un mes atrás Carolina, había empezado con una especie de razquiña, lo hacía con un peine y se estaba lastimando.

Después de esa lectura de mano, ni siquiera puso atención a lo que él dijo sobre ella, su hermana era lo más importante. No volvió más donde Julio. Le asustó  y mucho. Y es aquí cuando empieza el martirio.

Carolina cayó gravemente enferma, habían días en que no se levantaba ni para el baño. Su cuerpo de 20 años parecía de niña. Sus huesos se notaban encima de su ropa. Era hueso y pellejo. Días en que amanecía y parecía fantasma. Su rostro se opacó, su dulce cara se transformó en noches sin dormir.

“La llevamos al seguro, a la clínica privada, y nadie detectaba que era lo que tenía, mi madre lloraba en su cuarto para no doblegarnos a todos, pero era inevitable, no sabíamos contra qué era lo que luchábamos” llora mientras revive esos días.

La noche del fin empezó el ocho de abril del 2015 cuando Karla que dormía en el mismo cuarto de Carolina, para cuidarla, abrió los ojos y vio a su hermana sentada en la oscuridad, con la mirada perdida. Un bulto en el cuello pudo evidenciar. Se acercó,  Carolina no se movió. Karla esa noche la abrazó y durmió sentada a lado de ella.

Fueron al hospital para saber porqué razón el bulto apareció de la nada. Fue más la burocracia del seguro que la solución que le pudieron dar. Una vida muy joven se deslizaba todos los días y nadie sabía porqué. “Por un momento pensé en el almohadón de plumas de Horacio Quiroga, creí que eso era lo que le estaba pasando a mi hermana”.

Para el día del trabajo salieron todos a pasar un día fuera de la casa. Disfrutaron y Carolina parecía relajada. Cuando regresaron y abrieron la puerta de la casa, quisieron salir por las mismas. Un olor fuerte a “baba” estaba por toda la casa. Tuvieron que limpiar con cloro para que ese olor salga.

Otro día, en el techo se sintió un duro golpe. Karla salió a  ver que era. No había nada. Sólo un olor a carne podrida.

“Mi familia asustada, yo que no quería creer en lo sobrenatural, estaba confundida. Queríamos a Carolina, pero no sabíamos porqué esto. Los doctores no nos daban solución. Hasta que un 24 de mayo mientras dormía, vi a Carolina despierta, sentada, me estaba dando la espalda, cuando de repente se movió y empezó a caminar como mono, así de forma encorvada. Más que miedo, no sabía que sentir” abre sus ojos y coloca su mano en sus ojos.

Todos ya habían tomado una decisión. Le harían un exorcismo. Para eso llamaron a pastores evangélicos y Karla estuvo presente, ella y su escepticismo. Ver a su hermana sentada, amarrada y hablando con doble voz, era algo que sólo había visto en películas. Mientras hacían el ritual, una fuerza o energía salió del cuerpo de Carolina y se introdujo en una estatua en forma de mono que tenían en la sala.

Ese día descubrieron que ese mono fue obsequio de un familiar para ellos, pero que previo a eso le había hecho santería para que el mal llegue a uno de sus familiares, desgraciadamente cayó en Carolina. Botaron el mono y se cambiaron de casa.

Carolina tenía cáncer. Sus últimos días fueron tranquilos. Murió en la compañía de  sus padres. Sólo tenía  21 años.

“Me da miedo creer en lo sobrenatural. Es la primera vez que cuento la historia de mi familia y he revivido cosas feas. No lo volveré a contar”

En unos días se va a Europa a seguir un masterado en psicología social.

 

Julio quiere leerme la mano, pero ya sé que el mundo es y será una porquería como lo dijo Carlos Gardel.

 

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