Bajo escombros

Por: Melanie Limongi Moreira

El mundo y lo que pasa en él es incierto. No hay respuestas para ciertas preguntas. El destino humano pende de un hilo, alguien más allá maneja el reloj y las personas son sólo simple observadores.

Jahaira tiene una historia. Una historia valiente y triste. Una historia que ha tenido que repetir varias veces. Una historia que sigue doliendo.

“Eran las 8:30 del sábado 16 de abril y la felicidad invadía mi alma al saber que Jean, mi novio llegaría de Chone a visitarme como cada fin de semana. Cuando llegó nos enojamos porqué lo fui a ver tarde al terminal, pero luego arreglamos el problema, y prendimos la computadora para ayudarlo a que se inscribiera en el SENESCYT (Secretaría de Educación Superior, Ciencia, Tecnología e Innovación). Así pasaron horas y horas, hasta que se hicieron las 17:30 cuando salimos un rato a la sala, mi abuelo como nunca estaba haciéndose una taza de café y recuerdo que me preguntó si nos iríamos a San Lorenzo a trabajar con mis papás, le respondí que sí, pero que primero estábamos dejando arreglado unas cosas, esas fueron las últimas palabras que pude escuchar de mi segundo papá” lamentó mientras rodaban lágrimas por sus mejillas.

En aquel momento me dio tristeza y asombro por lo último que dijo, así que le pedí que prosiguiera.

“De estar intentando entrar al sistema para que él se pudiera inscribir a la universidad, se hicieron las 18:30. Ya estaba lista para viajar y Jean se fue arreglar mientras yo seguía intentando en la computadora hasta que se hicieron las 18:50 y mi hermana me vino a decir que se iba a la casa del novio a cambiarse, porque ellos también irían a San Lorenzo.

Minutos de que se fuera, todo empezó a temblar y  me puse nerviosa, no sabía que hacer, al principio pensé que sólo era un temblor, pero a medida que pasaban los segundos el remezón aumentaba y de la misma manera mi desesperación, pero Jean trataba de calmarme, no lo logró, no podía pensar en nadie más que en mi abuelito, cogí fuerzas y me dirigí a su habitación, llegué a su puerta y la tumbé, pero ya no lo alcancé a ver, mi angustia aumentada y me quedé mirando el techo, me sentí sola, pensé que Jean se había ido, pero justo en ese momento me cogió de la mano y nos arrodillamos juntos, él fue mi ángel, de no haberme arrodillado junto a él, no podría estar contando mi historia.”

Jahaira y su rostro expresan dolor. Un dolor que sólo ella puede sentir, pero continúa.

“En el instante que me arrodillé sentí como todo cayó sobre mi cuerpo, ahí perdí el conocimiento por unos 5 minutos y cuando reaccioné estaba bajo los escombros, sentía a Jean debajo de mí, de hecho, su pierna estaba en la mitad de mi rostro, por lo que se me dificultaba mucho respirar, así que empecé a gritar y de tanto que gritaba empecé a quedar sin voz. Había momentos en los que me quería dar por vencida, pero Jean me daba la fuerza necesaria para seguir luchando.

Pasaba el tiempo y la desesperación se invadía de mí, no podía moverme, no podía respirar y tenía mucha sed, a tal punto que empecé a morderme los labios, para poder tomarme la sangre, incluso hasta pensé en morder la rodilla de Jean, lo que quería era tomar algo. Mientras yo me tomaba mi propia sangre él vomitaba, pero me hacía creer que era porque estaba lleno, podía tocar su vómito y tanta era la ansiedad que deleitaba comérmelo, ahora puede parecer asqueroso, pero para ese entonces sólo pensaba en ingerir algo a mi boca, sin importar qué.

Así pasaron las horas hasta que me volví a quedar inconsciente y en vista de aquello Jean empezó a halar mi cabello para que despertara, y lo logró, minutos después me pidió que oráramos, que le pidiéramos a Dios que nos ayudara.

Habían pasado 8 horas y las oraciones a Dios y los gritos hacia mi papá, hicieron que desde afuera nos escucharan. Tardaron unas horas en sacar los escombros para llegar hasta nosotros, les tocó hacer un agujero pequeño para sacarnos por ahí, cuando ya tenía medio cuerpo afuera la pierna se me enganchó con un fierro, sentí un dolor inexplicable, pero me sacaron y apenas me halaron, desmayé.”

“Al despertar lo primero que vi fue un doctor molesto al ver que me habían puesto un yeso en la pierna impidiéndome la circulación sanguínea, pero la peor parte se aproximó cuando pregunté por la salud de Jean, estaba atemorizada porqué no tenía razones de él. Los días pasaban y se me hacía eterno cada instante al notar que no podía verlo ni saber de mi bonito como solíamos decirnos. Todos los días yo preguntaba por él, me dijeron que lo habían llevado a Quito para que tuviera una mejor atención”.

Los ojos se me inundaron de lágrimas al escuchar la historia de Jahaira, pero al mismo tiempo sentía que debía expresarle mis fuerzas para que ella pudiera continuar con su conmovedora historia.

“Tenía la sospecha de que algo no estaba saliendo bien, los doctores llegaban a la habitación y examinaban una y otra vez mi pierna, musitaban entre ellos.

Reaccioné mal y entré en desesperación, a tal punto que las enfermeras al notar mi estado tuvieron que sedarme.

Asumo que habían pasado algunas horas, cuando desperté no notaba la pierna, le pregunté a mi papá y sólo dijo que descansara, sentía angustia por qué no decían nada, cuando de pronto un señor de limpieza entró y le pedí de favor que me mirase la pierna, él no quería decirme nada, tantos fueron mis súplicas que lo convencí de que observara mi pierna y me dijera algo al respecto.”

Lo lamento mucha señorita, tuvieron que amputarle la pierna para salvar su vida, fueron las palabras de aquel extraño que fue el único que tuvo la valentía de afrontarme con la realidad.

En aquel instante pensé que quizás mi sufrimiento estaba llegando a su fin, que a lo mejor podría aceptar el hecho de que una parte de mi cuerpo ya no estaba, aunque me sentía incompleta, debía agradecerle a Dios por darme otra oportunidad para seguir viviendo con la finalidad de pronto recuperarme para así visitar a mi bonito.

A medida que pasaban los días llegaban personas que sentían aprecio por mi a expresarme el apoyo que tanto necesitaba, era como si de una u otra forma Dios se estuviera apiadando del gran vacío que sentía en mi alma porqué empecé a recibir buenas noticias, a mi hermana el novio le pidió matrimonio.

Dicen que lo bueno dura poco, y es cierto, a pocos instantes de recibir aquella noticia, vi entrar por la puerta de mi habitación a la mamá de Jean, desconsolada y vestida de negro, me quedé en blanco, la sangre se me fue al piso, por mi mente pasaban muchas cosas, dio tres pasos cuando soltó el llanto diciéndome que él no estaba más con nosotros, se había marchado a un lugar mejor.

Lo primero que recibí de ella fue un abrazo, pero no supe corresponderle, sentía que parte de mi vida se había ido con él.

Perdí la noción del tiempo, los días parecían todos iguales, ya no me importaba mi salud, y entré en una fuerte depresión, la misma que provocó una infección en lo que quedaba de mi pierna, así que procedieron a cortar un poco más.

Después, entré a rehabilitación y en la misma me hicieron la entrega de una prótesis, la cuál me hizo sentir más aceptada por mí misma y dentro de mis terapias llegó un nuevo ángel a mi vida, una persona muy creyente en Dios, que hizo que cambiara mi situación emocional y física.”

A pesar de que medio mundo se le fue, ella es fuerte en sus convicciones y en sus palabras manifiesta:

“Le prometí a mi bonito, seguir adelante con mis estudios y el hecho de que él no esté conmigo no significa que no pueda construir de nuevo una vida digna y plena, por eso le digo a todas las personas que atraviesan por un mal momento, o pasan por algo similar que nunca dejen de ver el lado bueno de las cosas, porqué después de la tormenta viene la calma.”

 

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